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Caminando Sobre las Aguas y Sin Saber Nadar

  • Andrés Huertas SamakBllue
  • 6 oct 2017
  • 6 Min. de lectura

“En la madrugada, Jesús se acercó a ellos caminando sobre el lago. Cuando los discípulos lo vieron caminado sobre el agua, quedaron aterrados. –¡Es un fantasma! -gritaron de miedo. Pero Jesús les dijo en seguida: -¡Cálmense! Soy yo. No tengan miedo. –Señor, si eres tú -respondió Pedro-, mándame que vaya a ti sobre el agua. –Ven –dijo Jesús. Pedro bajó de la barca y caminó sobre el agua en dirección a Jesús. Pero al sentir el viento fuerte, tuvo miedo y comenzó a hundirse. Entonces gritó: -¡Señor, sálvame! En seguida Jesús le tendió la mano y sujetándolo, lo reprendió: -¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Cuando subieron a la barca, se calmó el viento. Y los que estaban en la barca lo adoraron diciendo: -Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios.” (Mateo 14:25-33)

¿Cuántas veces hemos incluido en nuestra oración al Señor la frase “haz tu voluntad en mi”? ¿cuántas veces le hemos dicho al Señor que deseamos cumplir con sus instrucciones? Y ¿cuántas veces hemos permitido que la semilla de la duda entre en nuestro corazón cuando las circunstancias se tornan difíciles y azarosas?

Hace algunos años, yo trabajaba como consultor en el sector financiero. Desde la universidad trabajé como empleado en diferentes firmas de consultoría y auditoría. Aunque el sentido de responsabilidad y compromiso era el que me movía a hacer mi trabajo de manera excelente, no me sentía feliz haciendo lo que hacía. “No era lo mío”, decía. Recuerdo que, en una ocasión, cansado de cumplir horarios, de estar subordinado a un jefe, de las negativas a las solicitudes de permisos para estar con mi hijo, le dije a Dios en oración que quería trabajar para Él, depender completa y absolutamente de Él. Que Él fuera el único Jefe que yo quería tener. Que las órdenes solo vinieran de Él. Le dije a Dios “Señor, si eres tú, mándame que vaya a ti sobre el agua”.

Sabía que desvincularme del sector laboral no iba a ser cosa fácil. Que pretender la “independencia” iba a ser un desafío. Nunca me imaginé cuánto. Sin embargo, Dios estaba conmigo, y eso me daba un halo de tranquilidad y confianza. Unos meses más tarde, fui desvinculado de la empresa en donde trabajaba por razones que ya no vale la pena recordar, pero pido a Dios por esas personas. En ese momento sentí tranquilidad, una paz que sobrepasa todo entendimiento humano (Filipenses 4:7). El Señor mismo me decía “Ven”, y yo bajé de la barca y emprendí mi caminata sobre las aguas.

Pasó tan solo una semana, y recibí una llamada de un antiguo jefe por medio del cual firmé mi primer contrato como consultor independiente, o lo que en el lenguaje anglosajón se conoce como freelance. Las circunstancias empezaron a cambiar; el panorama ya se antojaba de bonanza y bendición. Yo seguía dando pasos firmes sobre las aguas. Un par de meses después ya contaba en mi haber profesional con cinco contratos para asesorar grandes compañías, tres de ellos con empresas del estado. Todo marchaba de maravilla. Daba loas y la gloria a Dios. Ser cristiano era bueno después de todo. Seguir al Señor si pagaba.

Mientras tanto, en mi iglesia, yo era un asiduo y activo participante de las actividades que en ella se organizaban. Fui ujier por un tiempo prolongado, formaba parte del ministerio de alabanza, participaba como siervo en las celebraciones de fin de año y en otras fechas importantes. Era y me sentía como un súper cristiano. El Señor había dicho “ven” y yo obediente lo seguí.

Cierto día, como parte de uno de los procesos regulares por los que los siervos de la iglesia debíamos pasar, me entrevisté con el pastor principal, quien en medio de la charla me preguntó –Andrés ¿cuál es tu mayor temor en este momento de tu vida? –casi sin pensar la respuesta, atiné a contestar de inmediato–a quedarme sin dinero pastor –el Pastor entrelazó los dedos de sus manos y las dejó descasar sobre su Biblia, preguntándome de nuevo –y ¿por qué? –tomé una bocanada de aire profunda, queriendo llenar mis pulmones con el ánimo de responder de forma completa y contundente, -Porque en este momento mi familia depende de mí, y al ser yo la única fuente de ingresos si me quedo sin dinero mi familia se vería afectada, en la calle –cerré mi alocución y me dejé caer de espalda sobre mi silla. El pastor suspiró. Guardo silencio por un momento, como si estuviera recibiendo algún tipo de mensaje del Altísimo. Me miró a los ojos y preguntó de nuevo -¿Y Dios? ¿Dónde queda Dios? –Casi sin permitirle completar la frase, saqué pecho y con un tono, a mi parecer, absolutamente cristiano espeté -¡ah claro pastor!, Dios, por supuesto que Dios es mi proveedor –creí salirle adelante a aquel siervo de Dios, -Eso lo tengo claro –continué, -pero yo soy instrumento de Dios para proveer a mi familia –esboce una sonrisa de satisfacción, orgullo y santidad, y nuevamente recosté mi humanidad sobre el espaldar de la silla; descargue mis pulmones por completo con una fuerte y profunda espiración. Finalmente, el Pastor me dio toda la cátedra bíblica respecto de lo que el sagrado libro dice a cerca de lo que significa que Dios sea proveedor y de rendirse completamente a Su control, renunciando a todo por Él. Lo entendí perfectamente, Oh bueno, eso creía yo. Salí de allí con paso firme; seguía caminando sobre las aguas con la mirada fija en mi Señor, en Jesús. “Ven” me dijo el Señor, “ven”.

Un mes más tarde de aquella reunión “Lo que más temía, me sobrevino; lo que más me asustaba, me sucedió.” (Job 3:25). Por razón de las leyes que imperan en mi país en materia de contratación estatal, y encontrándonos ad portas de la jornada electoral, todos los contratos con el estado me fueron suspendidos. Sin embargo, la calma seguía habitando en mí; ya me había enfrentado en el pasado a situaciones similares, y una vez pasadas las elecciones los contratos eran restituidos. Otro paso firme sobre las aguas. El Señor seguía en el mismo sitio, y yo, avanzando, confiado, seguro, firme. “Ven” me dijo el Señor, y apenas si mis pies se mojaban.

Para mi sorpresa, los días empezaron a pasar y no sucedía nada. Luego las semanas, los meses… los años. El dinero empezó a escasear, hasta el punto de extinguirse. El contrato de compraventa de una hermosa casa en un pueblo aledaño a la ciudad se vino abajo. Aquella hermosa camioneta de mis sueños y por la cual ya se había dado la cuota inicial, jamás entró a mi garaje. Las deudas empezaron a acumularse. Empecé a “sentir el viento fuerte”, y por primera vez en mucho tiempo, “tuve miedo y comencé a hundirme”.

¿Qué había sucedido? ¿En qué fallé? Todo parecía tan bien. Jesús mismo me había dicho “ven”. ¿Por qué ahora y después de caminar sobre las aguas, me estaba hundiendo?

Al leer el capítulo 14 del libro de Mateo (Vr.25-33), Dios me reveló la razón. Es sencillo. Yo le había dicho años atrás al Señor “si eres tú, mándame que vaya a ti sobre el agua”, y así fue, Él me dijo “Ven”. Pero yo no reparé en el verdadero valor de esas palabras para mi vida, y lo que implicaría caminar hacia el Señor. En muchas ocasiones le decimos a Dios que haga su voluntad en nosotros, que le seguiremos a donde Él nos envíe, que sin importar las circunstancias lo amaremos, lo alabaremos y le daremos la gloria. Pero cuando empieza a cambiar el clima, y este se torna hostil; cuando empezamos a sentir los vientos fuertes y vemos como se acerca la tormenta, olvidamos quien ha estado, está y estará con nosotros. Olvidamos que Aquel quien nos dijo “ven”, es el mismo que creo el mundo en seis días; Aquel que creo al hombre y le dio soplo de vida; Aquel que libero a un pueblo después de 400 años de opresión y esclavitud; Aquel que dividió las aguas del mar en dos para abrirle un camino a su amado pueblo; Aquel que sanó enfermos, resucitó muertos y expulsó demonios; Aquel que derramo su sangre por nosotros en un madero, bajó al sepulcro derrotó a la muerte; Aquel que está preparando una ciudad nueva para nosotros; Aquel que prometió que jamás nos abandonaría; Aquel que dijo que terminaría la obra que empezó en nosotros.

“¡Señor, sálvame!” le gritamos al Señor en medio de la desesperación mientras las aguas van cubriendo poco a poco nuestro cuerpo. Pero a pesar de ser “¡Hombres de poca fe!”, el que es Amor, el Misericordioso, el justo, el que no miente, de inmediato “tiende la mano y nos sujeta”, nos rescata de las aguas de la duda, la desesperación, el desasosiego, la depresión, la angustia y nos “sube a la barca”, “calma el viento”, y nos dice que caminemos tranquilos sobre las aguas cuando escuchemos su voz diciéndonos “ven”, que ni el viento fuerte, ni la tormenta que arrecia harán que nos hundamos en las aguas, porque Él siempre estará a nuestro lado, y jamás nos dejará.


 
 
 

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