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¿Qué me Impide Confiar en Dios? - Aún Me Duele (9/11)

  • Andrés Huertas SamakBlue
  • 4 sept 2017
  • 6 Min. de lectura

9. Aun me Duele

El dolor puede ser una experiencia física o emocional, pero en cualquiera de los dos casos se trata de una sensación más o menos intensa, molesta o desagradable, bien sea que la sintamos en una parte del cuerpo, o bien se trate de un sentimiento intenso de pena, tristeza o lástima. El dolor es sin lugar a dudas una de las trampas más peligrosas del enemigo. El dolor puede llegar a cegarte.

Usualmente el dolor físico lo asociamos a problemas o padecimientos de salud, mientras que el dolor emocional está relacionado con la ofensa, que si permitimos que anide en nuestro corazón nos causa dolor, enojo, ira, celos, resentimiento, contienda, amargura, odio y envidia.

El dolor es una experiencia inherente a nuestra condición humana. Por un lado por las características físicas y vulnerables de nuestros cuerpos, y por otro, debido a las aflicciones que nos causan dolor y de las cuales nos advierte Jesús “En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33b). El dolor puede cegarnos si no lo sabemos manejar. Cualquier emoción intensa que estés sintiendo en este momento afectará toda tu visión del mundo, y no te dejará ver las maravillas que Dios tiene para ti. El dolor puede llegar a crear raíces de amargura las cuales constriñen nuestro corazón y no le permite crecer en la gracia de Dios. Pero el dolor bien manejado nos recuerda que tenemos un Padre en el cual refugiarnos, en el cual encontraremos alivio y consuelo.

Usualmente el dolor físico se asocia a un padecimiento ocasionado por el deterioro de alguna de las funciones de nuestro cuerpo y es un tipo de dolor que nos acompaña mientras el mal (deterioro físico) persista, pero desaparece una vez las condiciones de salud han sido restablecidas. Este tipo de dolor tiene un principio y un fin, y es esta característica la que nos permite tener mucho más fácilmente tener una esperanza de que el dolor sea suprimido. Cosa diferente sucede con el dolor emocional, ese dolor que se anida en el alma y que debilita tanto nuestro cuerpo como nuestro espíritu. Ese dolor que nace de una desilusión, de un fracaso, de una herida emocional, de una traición, que ataca inmisericorde a nuestro ego, y lacera gravemente nuestro espíritu.

A Pablo lo embargó un gran dolor en su corazón a causa de la suerte de sus hermanos (Romanos 9:1-2), y Job se lamentó a causa de sus circunstancias (Job 30:31). A David la vida se le estaba yendo en angustias y sus años en lamentos, y la tristeza estaba acabando con sus fuerzas y sus huesos (Salmos 31:10). Y Jeremías confesó su dolor, su angustia al verse encerrado y sin salida; al creer que su oración no era escuchada. Su corazón estaba partido y lleno de amargura por las circunstancias que le rodeaban; no sentía paz ni dicha, y llegó a decir “la vida se me acaba, junto con mi esperanza en el Señor.” (Lamentaciones 3: 1-24).

El dolor emocional se da en muchas formas. Son variadas las herramientas que utiliza el enemigo para atacarnos, quebrar nuestra fe y alegrarnos de la gracia de nuestro Señor.

Traición

Usualmente las ofensas que más dolor nos infligen vienen de personas muy cercanas a nosotros, familia, amigos y hermanos en Cristo, y esto hace que sintamos tal ofensa como una traición. “Si un enemigo me insultara, yo lo podría soportar; si un adversario me humillara, de él me podría yo esconder. Pero lo has hecho tú, un hombre como yo, mi compañero, mi mejor amigo, a quien me unía una bella amistad, con quien convivía en la casa de Dios.” (Salmos 55:12-14).

Cuanto más estrecha es la relación que ha unido o unió a aquellas personas con quien los ha “traicionado”, más grave será la ofensa. El sentimiento de dolor por la ofensa entre aquellas personas que alguna vez estuvieron más unidas, desemboca casi que inminéntemente en un destructor sentimiento de odio. Solo las personas a quienes amamos pueden herirnos. Cuando más esperamos de ellas, más dura será la caída ante una ofensa, ante una traición.

“En nuestra sociedad reina el egoísmo. Hombre y mujeres buscan hoy sólo lo que ellos desean, desatendiendo e hiriendo así a quienes los rodean. Esto no debe sorprendernos. La Biblia dice claramente que en los últimos días los hombres serán “amadores de sí mismos” (2 Timoteo 3:2). Es de esperar que así sean los no creyentes, pero Pablo aquí no está refiriéndose a quienes están fuera de la iglesia, sino a quienes forman parte de ella. Muchos están heridos, lastimados, amargados. ¡Están ofendidos! Pero no comprenden que han caído en la trampa de Satanás.” (Jhon Bevere, La Trampa de Satanás, pg. 16).

Debemos refugiarnos en la Palabra del Señor y prepararnos para enfrentar las ofensas, porque nuestro futuro dependerá de la forma en que responsamos a ellas.

Desilusión

La decepción es un sentimiento de insatisfacción que surge cuando no se cumplen las expectativas sobre un deseo, una persona o incluso de sí mismo. La decepción es el resultado de la mezcla de dos emociones, la sorpresa y la pena. La decepción, si perdura, es un desencadenante para la frustración y más adelante, la depresión.

Cuando fijamos nuestras expectativas en las cosas del mundo, y conducimos nuestra vida conforme a los estándares y medidas que este nos ofrece, nos alejamos diametralmente de la fuente verdadera de Vida, Cristo. Permitimos que sea nuestra propia voluntad y no la de Dios la que defina nuestros pasos. Si nuestra vida no es puesta bajo la voluntad del Padre, y creemos que es por nuestro propio esfuerzo que conseguiremos todo aquello que soñamos o esperamos, en algún punto de nuestra existencia nos veremos enfrentados a la desilusión, pues Dios en su infinito amor y perfecta sabiduría, corregirá nuestro rumbo y nos alejará del camino que habíamos trazado para nosotros mismos “El corazón del hombre traza su rumbo, pero sus pasos los dirige el SEÑOR” (Proverbios 16:9)

Otro aspecto que nos lleva a la desilusión es confiar más en los hombres que en el Señor “Así dice el SEÑOR: ¡Maldito el hombre que confía en el hombre! ¡Maldito el que se apoya en su propia fuerza y aparta su corazón del SEÑOR!” (Jeremías 17:5). Por supuesto, esto no quiere decir que andemos por el mundo desconfiando de todo y pensando mal de todos. De lo que se trata es de colocar nuestras expectativas y confianza absoluta en Dios, sabiendo que Él todo lo dispone para nuestro bienestar (Romanos 8:28), y considerando “(…) bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.” (Filipenses 4:8)

Fracaso

Bien podríamos definir el fracaso como el resultado de no alcanzar nuestras metas y objetivos trazados. Pero en el ámbito de los creyentes esta palabra no debería ni siquiera existir. Dios ha definido un plan hermoso y perfecto para cada uno de nosotros, sus hijos. Nuestra misión o propósito en la vida debe no solo estar alineado con el Plan de Dios, sino que debe ser el establecido en el Plan de Dios. El dolor que nos causa el sentimiento de fracaso, realmente se origina cuando vemos con desasosiego que las metas y objetivos que nos hemos trazado no se cumplen como lo esperábamos. Si confiamos plenamente en el Señor, tendremos asegurado el éxito según el plan de Dios (Proverbios 16:3), pero esto no quiere decir que no vayamos a tener tropiezos o equivocaciones en el camino. Los errores o “fracasos” nos son más que una forma de aleccionarnos y ganar experiencia, pero no son el fin del camino.

La obediencia es el requisito sine qua non el hombre calmará todo dolor y obtendrá todas las bendiciones y permanecerán con él (Deuteronomio 28:2); Dios le respaldará en contra de sus enemigos (Éxodo 23:22); sus proyectos darán abundante fruto y nunca le faltará nada (Levítico 26:3-5); permanecerá en el amor de Cristo (Juan 15:10); tendrá una larga vida (1 Reyes 3:14); será próspero y feliz (Job 36:11); no morirá (Ezequiel 18:21).

“(…). Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes.” (Filipenses 4:9). “Pon en manos del Señor todas tus obras, y todos tus proyectos se cumplirán” (Proverbios 16:3)

El dolor como atadura es una trampa del enemigo, pues Jesús se hizo hombre y entregó su vida en la cruz, cargando nuestras enfermedades y soportando nuestros dolores (Isaías 53:4; Mateo 8:17).

En esto está nuestra esperanza: no en nuestros cansados y envejecidos cuerpos, no en nuestras mentes brillantes ni en nuestra riqueza, sino en las palabras de Aquel que ha sufrido como nosotros y por nosotros y que ha vencido la muerte, el infierno y el dolor por todos nosotros. “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).


 
 
 

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