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¿Qué me Impide Confiar en Dios? - Me Odio a Mi Mismo (3/11)

  • Andrés Huertas SamakBlue
  • 4 sept 2017
  • 3 Min. de lectura

3. Me Odio a mí Mismo

El perdonar a otros es de hecho una acción difícil para los hombres, pero lo es más aún perdonarse así mismo. El odio a nosotros mismos nace de aquellos aspectos de nuestra vida que no nos agradan, que nos infunden temor, que nos generan culpa. Nos odiamos por las metas no alcanzadas, los sueños no cumplidos. Nos odiamos porque la realidad de nuestra vida no coincide con los parámetros que el mundo ha establecido para medir el éxito. Porque la estatura de nuestra existencia no ha alcanzado la medida de nuestros sueños.

El odio a nosotros mismos también es generado por nuestras debilidades, caídas, fallas, fracasos, así como por la mezquindad, crueldad y maledicencia de otros.

"Soy un idiota", "no soy tan bueno como pensaba", "no le serví al mundo y ahora mucho menos a Dios", "no sirvo para nada", "soy un bueno para nada", "nací para ser un perdedor", "no merezco nada", "no soy nada".

Al odiarnos a nosotros mismos estamos negando el inmenso amor que Dios siente por nosotros. Estamos degradando el inmenso acto de amor que Jesús hizo por nosotros, rebajándolo a la simple muerte deshonrosa de un convicto en una cruz de madera.

El odio hacia nosotros mismos, desencadena una serie de consecuencias malas, que lo único que hacen es deteriorarnos la vida y pudrirnos en alma. Así mismo el odio:

a) Nos hace caer en la autocompasión b) Hace que nos victimicemos c) Deteriora nuestra autoestima d) Nos vuelve intolerantes con los demás (propios y ajenos) e) Siembra raíces de amargura en nuestro corazón f) Nos infunde inseguridad g) Crea un corazón resentido h) Nos aleja de la protección y el amor de Dios i) Enfría nuestro cristianismo j) Nos hace creer que no merecemos el favor de Dios k) Nos sumerge en la más horrorosa soledad

Cuando sintamos desprecio y odio por nosotros mismos, recordemos que nuestro valor no estado por los estándares del mundo, sino por el inmenso amor que nos tiene Dios. Un amor tan inconmensurable, que lo llevó a entregar a su único hijo, Jesús, para que fuera molido, humillado, vituperado, vejado y asesinado en una cruz y así pagar la condena que solo nosotros merecíamos por nuestro horrible pecado.

El enemigo quiere convencernos de que no valemos nada ni para Dios ni para nadie y que el Señor sólo desea condenarnos y castigarnos, y para ello se valdrá de todas sus artimañas; usará las circunstancias, nuestras debilidades y a otros, incluso cercanos. Pero es justo en estos momentos cuando más necesitamos a Dios. Es necesario que nos convenzamos que nuestro valor, nuestro verdadero valor depende de la opinión que Dios tiene de nosotros. “Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

Para Jesús somos tan valiosos y preciosos que decidió morir por nosotros a pesar de lo inmundo que éramos. Dios se hizo hombre para venir a rescatarnos, a limpiarnos, a perdonarnos y a transformarnos. Ahora le pertenecemos a Él, pues el pagó un precio muy alto por nuestras vidas, y ese solo hecho te hace valioso a ti, me hace valioso a mí.

Adicionalmente, el Señor envió a su Santo Espíritu para vivir en nosotros, para ser guía y consolador, así que no estamos desprotegidos ni indefensos. Dios nos ama, y lo hace mucho más a través de su hijo Jesús, así que dejemos de odiar la obra que viene de Dios, o sea nosotros mismos, pues para Dios somos sus hijos amados, coherederos con Cristo, Su tesoro, y eso, eso es un valor inestimable.


 
 
 

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